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sábado, 27 de agosto de 2011

Es la hora de las personas


En tan solo tres años, las circunstancias han cambiado tanto, que nos hacen plantearnos un  nuevo escenario donde los ciudadanos hemos pasado de estar entregados al reconocimiento y a la autorrealización, a bajar al peldaño de la búsqueda de seguridad que nos describió Maslow en su teoría sobre la motivación humana. Se ha pasado de crear,  a destruir empleo. Y toda la sociedad se ve abocada a un replanteamiento de roles y políticas en el que a pesar de todo, siempre hay una oportunidad de mejora. Es un gran momento para recobrar el color, es un momento ideal para dar más protagonismo a las personas.

Cuando las políticas (los mercados) se centran en su propia autocontemplación, cuando la generación de beneficios se convierte en un fin en sí mismo, y cuando el protagonismo se lo quitamos a las personas, entramos en lo virtual, en ese espacio intangible que no genera felicidad mas allá de la contemplación del índice bursátil o de la cuenta de resultados. Pero, ¿Qué hay de las personas?
Las personas, los ciudadanos hemos empezado a notar el frio y las estrecheces, hemos perdido la confianza en nosotros mismos y nos hemos introducido en una espiral en la que nuestra desconfianza y la de los sistemas financieros nos impiden seguir consumiendo lo que nuestro vecino produce. Ambos dejamos de producir riqueza, empleo, e ingresos para las arcas públicas; y todos empezamos a ayudar con esos ingresos mermados, a su desesperada situación.

Pero, ¿es esta recesión un buen momento, para bajar el nivel de exigencia y respeto a los derechos que los ciudadanos han ido conquistando en el último siglo? ¿Debemos bajar el nivel de garantías, para permitir a las empresas volver al mismo nivel de negocio? Ha llegado el momento de las personas. De entregarnos a labor de sacralizar su papel en la sociedad en lugar de seguir abonando el desprecio reflejado en la detestable frase,  “….. es la economía, estúpidos.”
Es el momento de reforzar políticas, que han estado amparadas desde la trastienda de diversos órganos reguladores. Servicios básicos, como la telefonía, los productos energéticos, las comunicaciones, los transportes, los servicios financieros, tienen la obligación de humanizarse, de servir a las personas y de tratarlas como tales. En ocasiones, lo que diferencia a señores y siervos, no es cómo se comportan, sino como son tratados. Velar por ese trato y defender los intereses de las personas, ha de focalizarse como el centro y eje de todas las políticas públicas.

Las políticas públicas han de velar para que todo el mercado se esfuerce en la misma dirección. ¿O acaso es menos público, el dinero que se le cobra a la totalidad de los ciudadanos en contraprestación de los servicios básicos, como la luz, el agua o el teléfono?
En esta época de cambios, ya que no hemos podido evitar la situación por la que atraviesan muchas familias, hemos de aprovechar esta situación para aprender de los errores que nos han conducido hasta aquí, y para reconducir nuestras potencialidades en favor de las personas. No podemos asistir nunca más inermes, al espectáculo que hemos visto en nuestra reciente historia.  Mientras se producía una reducción histórica de los tipos de interés, ésta se cruzaba con una subida espectacular de los precios de la vivienda. Porque, las personas que pudieran haberse beneficiado del abaratamiento del dinero, no solo hubieron de esforzarse lo mismo para adquirir su vivienda, sino que en este momento se ven apuradas para seguir pagando la inversión de su vida, cuando no, han perdido además su empleo por la cascada de acontecimientos que ha producido la explosión de este espejismo.

Personas, personas y más personas. El centro y eje de este pequeño escenario que nos obliga a tratarnos los unos a los otros más amablemente, y que desde los poderes públicos han de afrontar, como un reto imprescindible para poder crecer como sociedad y progresar como civilización, que a continuación han de heredar nuestros hijos.

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