En tan solo tres años, las
circunstancias han cambiado tanto, que nos hacen plantearnos un nuevo escenario donde los ciudadanos hemos
pasado de estar entregados al reconocimiento y a la autorrealización, a bajar
al peldaño de la búsqueda de seguridad que nos describió Maslow en su teoría
sobre la motivación humana. Se ha pasado de crear, a destruir empleo. Y toda la sociedad se ve
abocada a un replanteamiento de roles y políticas en el que a pesar de todo,
siempre hay una oportunidad de mejora. Es un gran momento para recobrar el
color, es un momento ideal para dar más protagonismo a las personas.
Cuando las políticas (los mercados) se centran en su propia autocontemplación, cuando la generación de beneficios
se convierte en un fin en sí mismo, y cuando el protagonismo se lo quitamos a
las personas, entramos en lo virtual, en ese espacio intangible que no genera
felicidad mas allá de la contemplación del índice bursátil o de la cuenta de
resultados. Pero, ¿Qué hay de las personas?
Las personas, los ciudadanos hemos
empezado a notar el frio y las estrecheces, hemos perdido la confianza en
nosotros mismos y nos hemos introducido en una espiral en la que nuestra
desconfianza y la de los sistemas financieros nos impiden seguir consumiendo lo
que nuestro vecino produce. Ambos dejamos de producir
riqueza, empleo, e ingresos para las arcas públicas; y todos empezamos a ayudar
con esos ingresos mermados, a su desesperada situación.
Pero, ¿es esta recesión un buen
momento, para bajar el nivel de exigencia y respeto a los derechos que los ciudadanos
han ido conquistando en el último siglo? ¿Debemos bajar el nivel de garantías,
para permitir a las empresas volver al mismo nivel de negocio? Ha llegado el
momento de las personas. De entregarnos a labor de
sacralizar su papel en la sociedad en lugar de seguir abonando el desprecio
reflejado en la detestable frase, “…..
es la economía, estúpidos.”
Es el momento de reforzar
políticas, que han estado amparadas desde la trastienda de diversos órganos
reguladores. Servicios básicos, como la telefonía, los productos energéticos,
las comunicaciones, los transportes, los servicios financieros, tienen la
obligación de humanizarse, de servir a las personas y de tratarlas como tales.
En ocasiones, lo que diferencia a señores y siervos, no es cómo se comportan,
sino como son tratados. Velar por ese trato y defender los intereses de las
personas, ha de focalizarse como el centro y eje de todas las políticas
públicas.
Las políticas públicas han de velar para que todo el mercado se
esfuerce en la misma dirección. ¿O acaso es menos público, el dinero que se le
cobra a la totalidad de los ciudadanos en contraprestación de los servicios
básicos, como la luz, el agua o el teléfono?
En esta época de cambios, ya que no
hemos podido evitar la situación por la que atraviesan muchas familias, hemos
de aprovechar esta situación para aprender de los errores que nos han conducido
hasta aquí, y para reconducir nuestras potencialidades en favor de las
personas. No podemos asistir nunca más inermes, al espectáculo que hemos visto
en nuestra reciente historia. Mientras
se producía una reducción histórica de los tipos de interés, ésta se cruzaba
con una subida espectacular de los precios de la vivienda. Porque, las personas
que pudieran haberse beneficiado del abaratamiento del dinero, no solo hubieron
de esforzarse lo mismo para adquirir su vivienda, sino que en este momento se
ven apuradas para seguir pagando la inversión de su vida, cuando no, han
perdido además su empleo por la cascada de acontecimientos que ha producido la
explosión de este espejismo.
Personas, personas y más personas.
El centro y eje de este pequeño
escenario que nos obliga a tratarnos los unos a los otros más amablemente, y
que desde los poderes públicos han de afrontar, como un reto imprescindible
para poder crecer como sociedad y progresar como civilización, que a
continuación han de heredar nuestros hijos.
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